Trabajamos la superficie como en un taller de chapa: desarmamos lo necesario, preparamos cada panel y recién ahí aplicamos color. El perlado se construye por capas y la película se asienta con calor para que las uniones no cedan con el uso.
Atendemos consultas de dueños que buscan un cambio de color completo, reparaciones puntuales de chapa o el reemplazo de un vinilo ya vencido. Si todavía no sabés qué conviene para tu caso, escribinos y lo vemos juntos.
Antes de dejar el auto en el taller conviene dejar por escrito qué se considera parte del trabajo y qué queda fuera. Estas son las aclaraciones que usamos en Katsup para evitar malentendidos cuando el resultado se mira bajo luz de estudio o a pleno sol. No son condiciones comerciales: son definiciones técnicas que ordenan la conversación desde el primer día.
Si algo de esta lista no queda claro antes de empezar, mejor resolverlo en persona o por teléfono al +54 9 11 4328 2907 o escribiendo a info@katsupbrandkatsup.com. Preferimos una duda de más que un reproceso después.
Antes de decidir el acabado
En Katsup trabajamos el color como parte del proceso de carrocería, no como un paso aparte. Por eso muchas consultas terminan en la misma pregunta: ¿conviene reparar y pintar, o pasar directo a una lámina vinílica? La respuesta depende del estado real de las piezas, del tipo de brillo que buscás y de cuánto tiempo querés sostener ese resultado sin retoques.
Antes de cualquier capa revisamos espesores, corrosión bajo molduras y repintados anteriores. Un glicen mal preparado arruina el perlado: el color se ve apagado y las sombras quedan sucias bajo la lámpara del estudio. Si la base no está pareja, no hay laca que lo disimule.
El efecto tornasolado se arma por acumulación: base, capas intermedias y laca. Cada mano cambia el ángulo con el que el rojo se abre hacia el fucsia o hacia el vino. Es un trabajo lento, con secado entre pasadas, y no se puede apurar con más producto.
La lámina de vinilo glicen necesita desarme de manijas, espejos y baguetas. Las kromos se doblan hacia adentro de la chapa para que no junten tierra en el lavado. Sin ese detalle, la cobertura se levanta en los bordes a los pocos meses.
El último paso es el que define si el acabado se ve profundo o simplemente brillante. Pulimos en dos pasadas con luz rasante para detectar marcas circulares. Si aparecen hologramas, se vuelve a corregir antes de entregar.
Si querés ver cómo aplicamos esto en casos reales, podés leer qué revisar antes de una primera consulta, comparar formatos de trabajo según el estado del auto o repasar las dudas más frecuentes antes de arrancar.
Cada trabajo arranca con una lectura del estado real de la carrocería. No se pinta sobre una superficie que no está plana, y no se pega vinilo sobre polvo o restos de cera. El orden de los pasos es lo que sostiene el resultado: desarme, corrección de chapa, imprimación, capas de color y sellado final. Lo que sigue es el detalle de ese recorrido.
Se desmontan ópticas, manijas, molduras y espejos para trabajar los bordes sin cinta. Las imperfecciones se corrigen con masilla por punto, no por paño completo, para no engrosar la capa. Después viene lijado progresivo, limpieza con desengrasante y una pasada de arcilla si el panel va a recibir vinilo. Un panel mal preparado se nota recién a los meses, cuando el brillo empieza a marcar cada onda.
El color se construye por etapas: base, perla y laca. Entre capa y capa hay secado y control de ángulo bajo luz de estudio, porque el perlamutro cambia de tono según cómo le dé la luz. Eso obliga a medir el efecto desde varios lados antes de cerrar con barniz. La laca se pule después en dos pasadas para bajar la piel de naranja y dejar un brillo parejo, sin halos ni marcas de pulidora.
La colocación se hace por paños, con calor controlado y espátula de fieltro para no rayar la película. Las manijas y los tiradores se retiran para envolver los cantos hacia el interior del panel: así el borde no junta tierra ni se levanta en el lavado a presión. El vinilo brillante da un color denso y parejo, y en zonas curvas se trabaja con paciencia para que no queden burbujas ni estiramientos visibles.
Cuando el daño está localizado, se trabaja solo esa zona. La chapa se estira en banco, se alinea y se pinta por difuminado, midiendo el color con espectrofotómetro para compensar el desgaste de la pintura original. El empalme se pule hasta que no se lee ni al sol ni bajo lámpara de taller. Es la opción que menos altera el resto del vehículo y la que mejor conserva el valor de las piezas sanas.
Si querés ver cómo queda esto aplicado a un auto concreto, hay trabajos terminados en los servicios del taller y una nota sobre qué llevar a la primera consulta en el blog.
La pintura y el vinilo se juzgan a la luz del taller, pero se desgastan en la calle. Antes de elegir un color conviene entender qué hay debajo: preparación de superficie, control de capas y un acabado que resista lavados y sol sin perder profundidad.
Lijado por grano, corrección de imperfecciones y limpieza con desengrasante. Si la base no está plana, el perlado amplifica cada falla en lugar de disimularla.
El efecto se construye aplicando capas intermedias con secado entre pasadas. Revisamos el ángulo de lectura bajo luz de estudio para que el tono no se corte entre paneles.
Desmontamos manijas, espejos y molduras para envolver las pestañas hacia dentro. Así el filo no acumula suciedad ni se levanta en el lavado a presión.
Cuando el daño está localizado, igualamos el color con espectrofotómetro sobre la pintura existente y pulimos la transición para no perder el acabado original del resto del auto.
Retiramos la piel de naranja y las marcas de lijado con corte y lustre. El brillo queda parejo, sin hologramas que aparecen recién bajo el sol directo.
Indicamos tiempos de curado, cuidados en los primeros lavados y qué productos evitar. Un acabado bien mantenido conserva el tono mucho más tiempo.